La humillación y la creencia que queda instaurada

La humillación es extraña. Puede durar apenas unos segundos o unos minutos, y sin embargo dejar una huella que no se borra en años.
A veces es un episodio aislado, algo que recordamos como una cicatriz puntual.
Otras veces, es como una nota constante de fondo que sube el volumen de distintas formas a lo largo de la vida, siempre en momentos en que uno menos lo espera.
Lo curioso es que no todos salimos de una humillación con la misma herida. Por fuera, la escena puede parecer parecida, pero por dentro, lo que grabamos no tiene nada que ver.
Hay quienes salen pensando: No tengo derecho a ser ni a hablar. Si lo hago, se van a reír de mí. Y entonces, sin darse cuenta, se encogen, se callan, se borran del mapa un poco para no arriesgarse a sufrir.
Otros aprenden lo contrario: Para que no me humillen, mejor humillo yo primero.
Esto es así, porque vieron que papá o mamá sobrevivían así, atacando antes de que les atacaran. Y repiten el patrón de lo que han visto, como un escudo.
También están quienes guardan una asociación más enredada: Soy importante cuando se ríen de mí. Tal vez porque, de pequeños, la única vez que todos les prestaron atención fue cuando se convirtieron en el chiste del momento. En este contexto, el amor quedó, sin querer, mezclado con la risa ajena.
El contexto es la llave
Una humillación no se entiende del todo si no miramos dónde ocurrió, quién estaba presente, qué edad teníamos y qué heridas había ya abiertas en ese momento.No es lo mismo que la burla venga de un desconocido a que venga de alguien a quien amamos. No es igual vivirla en un hogar protector que en uno donde la crítica era el idioma diario.
Sin embargo, por muy distintas que sean las circunstancias, hay un hilo común: la vergüenza que se clava adentro, el desmerecimiento que se instala sin pedir permiso, y la desconfianza hacia uno mismo que nos roba espontaneidad.
Cómo empezar a soltar esa marca
Sanar no es hacer como si nada hubiera pasado, ni obligarse a olvidar.
Es más bien mirar de frente esa experiencia y decirle: Sí, fuiste parte de mi historia, pero no eres mi verdad.
Algunas formas de empezar:
- Ponerle nombre a lo que quedó
Pregúntate: “¿Qué conclusión saqué en ese momento sobre mí?”. No sobre la situación, sino sobre ti. - Separar el hecho de tu identidad
Lo que ocurrió habla más de las carencias del otro que de tu valor. - Devolver lo heredado
Si aprendiste a humillar porque en casa era la manera de sobrevivir, reconoce que fue un mecanismo de tu sistema familiar, pero no una obligación para tu vida adulta. - Reescribir el significado
Cuando la escena vuelva a tu memoria, respóndele con una frase nueva: “Eso pasó, pero ya no soy aquella persona indefensa”. - Recuperar tu voz
Habla incluso con miedo. Exprésate incluso con temblor. Cada vez que lo haces, rompes el vínculo con la creencia antigua.
La humillación puede haber sido un episodio que te dejó sin palabras,
pero hoy tienes la oportunidad de devolvértelas.
No se trata de ganar una revancha, sino de recuperar la libertad de ser sin que la vergüenza lleve las riendas.
Eres digno por naturaleza; la humillación solo fue un mensaje equivocado sobre ti. Ya es momento de dejarlo atrás.
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